Valores al alza

A nadie se le escapa ya que la crisis que padecemos es mucho más que económica. Estamos ante una crisis sistémica, que además de afectar a nuestras finanzas tiene profundas derivadas políticas, ecológicas y sociales. Pero, sobre todo, nos hallamos ante una crisis de valores, y no precisamente de los que cotizan en bolsa. El verdadero rescate que el mundo necesita ha de ser moral y ético.

Para conseguir una sociedad más justa, solidaria y sostenible necesitamos algo más que estabilidad política y prosperidad económica. Ante todo, es precisa una transformación cultural, una forma distinta de entender el mundo, de relacionarnos con nuestro entorno y con los demás. Y la clave está en cada uno de nosotros, en el cambio de actitudes personales, pues los avances se producen, precisamente, cuando una mayoría de individuos modifica su forma de pensar y ver las cosas. De ahí la importancia de los valores, colectivos y personales, verdaderos motores del cambio social.
Los valores son principios éticos que nos indican la forma correcta de proceder, permiten evaluar y dar valor a lo que nos rodea, y establecen lo que está o no permitido en un determinado contexto sociocultural. Algunos, aunque no siempre respetados, están ya arraigados entre nosotros, como la igualdad o la libertad. Pero la situación de crisis actual y los retos que afrontamos exigen una revisión del marco ético en el que nos movemos. Veamos algunos de los principios y valores esenciales para avanzar hacia un mundo mejor:

Responsabilidad

Nuestras acciones y omisiones tienen repercusiones globales. Vivimos en un mundo interdependiente y los retos de nuestro tiempo están interconectados, no pueden tratarse aisladamente. Por ejemplo, nuestra forma de comprar tiene un impacto ecológico evidente, pues a mayor consumo más recursos naturales utilizamos. De este modo, la lucha contra la pobreza, las relaciones económicas, la situación política o el cuidado de nuestro entorno son cuestiones entrelazadas que deberían preocupar a todo ciudadano responsable. Pero además de una conciencia planetaria, deberíamos pensar en las generaciones futuras y desarrollar una responsabilidad intergeneracional.

Altruismo

La ciencia ha demostrado que somos seres sociales y estamos diseñados para cooperar y ayudarnos los unos a los otros. En palabras de Goleman, «nuestro cerebro está predispuesto hacia la bondad». El bien común y el interés colectivo están desplazando al egoísmo e individualismo reinantes durante las últimas décadas. De ahí que la solidaridad sea un valor al alza y se hable ya de la generación G (de generosidad): personas comprometidas socialmente, más dedicadas a la comunidad que al propio beneficio.

Postmaterialismo

El afán de poseer y consumir bienes materiales debe dar paso al interés por bienes intangibles como la solidaridad, el conocimiento, la salud emocional o la convivencia pacífica. Pasar del crecimiento económico al desarrollo personal y vital, del progreso tecnológico al crecimiento en valores. Dejar de obsesionarnos con el Producto Interior Bruto y fijarnos en indicadores como la Felicidad Interior Bruta, acuñado por Bután. Sustituir el concepto de «nivel» de vida (definido en términos materiales) por el de «calidad» de vida (referido a la plenitud personal). En suma, pasar del tener al ser.

Optimismo

Deberíamos ver la actual crisis como una oportunidad para avanzar hacia una sociedad más justa, solidaria y sostenible. Pero solo lo lograremos con actitud positiva y constructiva. De nada sirve lamentarse de lo mal que van las cosas. Pesimismo y escepticismo conducen a desidia e inacción, al consabido «total, si nada va a cambiar». Seamos optimistas, que no ingenuos. Reconozcamos que el mundo va mejorando (como dice Punset, «cualquier tiempo pasado fue peor»), aunque debe hacerlo a mayor velocidad y en más ámbitos.
La buena noticia es que podemos desarrollar nuestra conciencia social y las habilidades que la sustentan. Por supuesto, lo ideal es inculcar estos principios y valores a edades tempranas, aunque nunca es tarde para adquirirlos. La mejor herramienta para ello es el aprendizaje social y emocional. Porque todos podemos crecer como ciudadanos plenos, activos y comprometidos.