Por una globalización civilizada

La globalización es una realidad que viene de antiguo y está aquí para quedarse. Sin embargo, deberíamos aprender a combatir sus efectos perversos y potenciar sus virtudes (que las tiene).

La globalización puede definirse como el aumento de interconexión e interdependencia que se produce entre personas, organizaciones, empresas y estados a lo largo y ancho del planeta. Es un fenómeno que se produce en muchos ámbitos (económico, político, cultural, social, sanitario, etc.) y que empezó a gestarse ya en la antigüedad.

Las múltiples cabezas de la globalización

El profesor de la Universidad de Harvard Joseph Nye nos recuerda que la manifestación más temprana de la globalización probablemente fue ambiental y tuvo como consecuencia las primeras pandemias del mundo antiguo. Las epidemias de viruela (que en la antigüedad pasaron de Egipto a China y más tarde a Europa) o las enfermedades llevadas por los europeos a América y que acabaron con buena parte de la población indígena, son buenos ejemplos. El deterioro del medio es otra consecuencia de la globalización, pues es evidente que la contaminación no conoce fronteras y que el calentamiento del planeta –al que precisamente nos referimos como global- despliega sus efectos en todo el mundo.

En el ámbito militar, la globalización se ha traducido en alianzas temporales con motivo de conflictos armados (como en la primera y segunda guerra mundial) o permanentes, como la OTAN o el Pacto de Varsovia. En la actualidad también organizaciones terroristas como Al Qaeda aportan una nueva dimensión a la globalización, con miembros desplegados por todo el mundo, organizados en células pero indudablemente conectados. La delincuencia organizada (mafias de todo tipo, tráfico de drogas y trata de mujeres y niños) tampoco se ha quedado atrás y se ha convertido en un fenómeno global en cuestión de décadas.

Otra forma de globalización son las corrientes migratorias, que se han ocupado de propagar culturas, idiomas y estilos de vida. Según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, en la actualidad habría en el mundo unos mil millones de migrantes. Sin olvidarnos, por supuesto, de la globalización tecnológica, cuyo máximo exponente es Internet como medio para el intercambio de conocimientos y experiencias de todo tipo.

Las dos caras de la moneda

La globalización, por tanto, es una realidad que viene de muy antiguo, está aquí para quedarse y tiene manifestaciones negativas (contagio de crisis sistémicas, organizaciones delictivas, conflictos armados etc.) y otras positivas (transmisión de ideas y conocimiento, intercambio cultural, mejora de condiciones de vida, etc). Por ello, en materia de globalización, como en tantos otros casos, conviene no generalizar ni caer en actitudes simplistas.

Los movimientos antiglobalización harían bien en aclarar que a lo que se oponen es a la implantación en todo el mundo de un sistema de producción y consumo muchas veces injusto, un capitalismo salvaje sin control alguno, o a la supremacía del poder financiero y económico frente al político. O, simplemente, al comercio internacional absurdo, antiproductivo y contaminante, como el denunciado por la New Economics Foundation y que Jordi Pigem relata en sulibro Buena Crisis: “en 2004 el Reino Unido  importó de Alemania 1,5 millones de kilos de patatas, a la vez que exportó a Alemania precisamente también 1,5 millones de kilos de patatas. Importó de Francia 10,2 millones de kilos de leche y nata – y exportó a Francia 9,9 millones de kilos de leche y nata. En ese mismo año, el Reino Unido importó 17,2 millones de kilos de galletas de chocolate – y exportó 17,6 millones de kilos de ese mismo tipo de galletas. Importó cerveza por valor de 310 millones de libras esterlinas y exportó cerveza por valor de 313 millones de libras.”

En cambio, deberíamos impulsar y proteger la globalización positiva, como herramienta de cambio hacia un mundo mejor. Una globalización enriquecedora y civilizada, potenciadora de la diversidad y que no traiga consigo la imposición de un modelo que, al menos en lo económico, no funciona. Debemos entender la humanidad como una “unión de diversos”, en la que el diálogo tiene sentido, precisamente, porque no es entre iguales, sino entre personas y comunidades con distintos puntos de vista. Y no se trata sólo de tolerar, en el sentido del “vive y deja vivir”, como los vecinos de cualquier edificio en una gran ciudad, sino de interactuar con los demás, aprender de ellos y desarrollar un sentimiento de solidaridad y pertenencia común. Ahora bien, del mismo modo que rechazamos la uniformidad, deberíamos buscar la unidad para responder a desafíos que nos afectan a todos como la pobreza, el deterioro del medio o la falta de libertades en muchas zonas del planeta.