Economía de la colaboración: “No te conozco pero te necesito”

En un mundo en el que parecen primar los intereses individuales también hay espacio para una nueva forma de hacer las cosas. La economía de la colaboración y el consumo colaborativo cobran fuerza y cada vez más empresas lo tienen en cuenta.

Que dos cabezas piensan más que una es, para muchos, una verdad universal. Sin embargo, el ser humano tradicionalmente ha preferido rodearse de personas de su confianza a la hora ponerlo en práctica: los equipos de gobierno de los países o los consejos de administración de las empresas son un claro ejemplo de ello.

Para romper con ese molde apareció no hace muchos años –finales del siglo XX- un nuevo concepto: el de economía de la colaboración que, en inglés, se bautizó como wikinomics. El término en sí fue acuñado por dos autores, Don Tapscott y Anthony D. Williams en la obra Wikinomics: La Nueva Economía de las multitudes inteligentes.

Los casos paradigmáticos

Antes de seguir pondremos un popular ejemplo que ayuda a entender el asunto: Wikipedia. Cualquiera que haya buscado el significado de un concepto o la trayectoria de un personaje en internet se ha topado con ella. Una enciclopedia construida gracias al “esfuerzo colaborativo” de multitud de personas de todo el mundo que la actualizan continuamente. Un proyecto, en definitiva, surgido de la colaboración de todos.

Existen casos paradigmáticos de economía colaborativa que siempre se mencionan cuando se habla de la disciplina. Uno de ellos es el de la multinacional de bienes de consumo Procter & Gamble, que creó la plataforma Connect + Develop. En ella, se lanza la siguiente pregunta al gran público: ¿Tiene el próximo producto, tecnología, modelo de negocios o método, que puede “cambiar el juego” y mejorar la vida de los consumidores de todo el mundo? Quien efectivamente lo tenga y lo presente será remunerado por ello. Más abajo se añaden los criterios que una idea innovadora debe tener para interesar a Procter & Gamble.

Pues bien, aproximadamente la mitad de la innovación en los productos de la compañía proviene actualmente de este sistema: de aceptar que más allá de los límites de una plantilla de empleados, por muy buenos que estos sean, existe un potencial infinito del que una empresa se puede aprovechar.

En esa línea, en España funciona la iniciativa Co-society (Barcelona, 2009),“un espacio en el que los equipos más inteligentes de las mejores empresas del mundo se re-energizan, combinando sus experiencias y conocimientos”, tal y como señalan en su web. Forman parte de Co-society empresas de todos los tamaños, pero de cada sector sólo hay una firma líder, para que en los encuentros se pueda hablar libremente de los proyectos en los que cada empresa se encuentra inmersa.

De las ideas a los productos: el consumo colaborativo

Una variante de la economía de la colaboración, ya que en muchas ocasiones veremos que recibe el mismo nombre, es lo que se ha venido a denominar consumo colaborativo. Aquí se da un paso más: de la colaboración a través de las ideas brillantes se pasa a la colaboración a través del consumo compartido de bienes y servicios. Quienes comparten coche para ir a trabajar lo practican. También quienes escuchan música en Spotify.

Maxime Leroy es un veinteañero francés. Su proyecto documental Collaborative Cities trata precisamente de eso: de recoger todas las iniciativas que en torno a la colaboración están surgiendo en el mundo. Una nueva economía florece y parece que todos tenemos algo que decir.