Comer a paso de caracol

En contraposición al archiconocido concepto de “fast food” (comida rápida) surge el movimiento “slow food” (comida lenta) que propone una alimentación consciente. Consciente sobre el disfrute de la comida sabiendo la procedencia de los alimentos que ingerimos y sus procesos de producción respetuosos con el medioambiente. Asimismo, promueve la guardia y custodia de las tradiciones gastronómicas para que no se pierdan.

Slow food es un movimiento internacional nacido en Italia que se contrapone a la estandarización del gusto culinario, y promueve una «nueva gastronomía» entendida como expresión de la identidad y la cultura. Defiende el placer vinculado al alimento, reflexiona sobre la educación del gusto y el derecho al disfrute con un nuevo sentido de responsabilidad, teniendo en cuenta el equilibrio con el ecosistema, la defensa de la biodiversidad y el compromiso ético con los productores.

Este concepto de “comida lenta” nace como asociación ecogastronómica en 1986 en Italia y actualmente está presente en 160 países. A sus miembros les une el placer por la buena comida con la idea de cambiar el mundo comenzando por la mesa. Opera en todos los continentes por la salvaguarda de las tradiciones gastronómicas regionales, con sus productos y métodos de cultivación. El símbolo de slow food es el caracol, emblema de la lentitud.

Comer rápido comida de plástico

Cuando comemos atropelladamente, sin masticar y con otras distracciones como la televisión, somos capaces de ingerir grandes cantidades de alimentos sin prestar atención a la saciedad por lo que tendemos a tomar muchas más calorías de las que necesitamos. Es fundamental masticar despacio y bien los alimentos para dar tiempo a que nuestro cuerpo entienda que está siendo alimentado.

La tónica social en la que estamos inmersos, nos dicta el comer rápido, a lo que va unida la comida preparada o precocinada con sus particulares características de calidad, textura y envasado. Esta comida de plástico, en ocasiones es como comida de juguete. Prueba de estos alimentos artificiales es el vídeo experimental de una niña sobre las patatas. En la grabación muestra cómo las patatas que venden en el supermercado pueden perder su propia naturaleza por los tratamientos químicos que reciben.

Los cubos de basura domésticos cada vez tienen menos espacio para el desecho orgánico y más para los envases de plástico. Prueba gráfica de cómo el consumo en alimentación evoluciona hacia la comida artificial. Tal y como cuenta el publicista Guillermo Viglione en su artículo “A granel”, «estamos en un mundo empaquetado, enlatado, etiquetado, clasificado, embotellado, precintado, embolsado, plastificado, deshuesado, desgrasado, pelado, precocinado y loncheado. Un mundo no retornable de PVC, Pet, Tetra Brik, aluminio, poliestireno expandido y mil tipos de plástico. Una vida insostenible, marcada, como nuestros productos, con fecha de caducidad.»

La comida nutre nuestro cuerpo y alimenta nuestros sentidos

El acto de la comida es complejo ya que su fin no es sólo alimentario, sino también proporcionarnos satisfacción y placer a través de las texturas, los olores y sabores de cada uno de los alimentos. Desde el movimiento “slow food” se pretende que el momento de la comida sea placentero, nutricionalmente equilibrado y saludable y por supuesto consciente, que implique todos nuestros sentidos.

Para Genoveva Fernández-Carnicero Castaño, nutricionista especializada en Trastornos del Comportamiento Alimentario y Obesidad del Centro Médico Vademecum, el comer tomándose todo el tiempo necesario tiene relación con el “mindfulness”. Esta práctica psicológica propone prestar atención plena a cada instante que vivimos sin otras distracciones de nuestra mente que puedan enturbiar el disfrute del momento presente.

Además, la nutricionista Genoveva Fernández-Carnicero, explica que «comer nos nutre físicamente por los propios nutrientes que contienen los alimentos y que nos proporcionan energía pero nuestra mente no se va a nutrir y beneficiar de éstos del mismo modo si el momento de la comida se vive con estrés o con tranquilidad y consciencia plena». Para Fernández-Carnicero «Comer es además un acto social en el que se comparten vivencias, se celebran logros y momentos importantes de nuestra vida por lo que no podemos menospreciar el valor simbólico del alimento.»

Hace falta educación en nutrición

Para Fernández-Carnicero es evidente que la educación sobre nutrición desde la etapa infantil hasta el bachillerato es insuficiente. En su opinión, lo ideal sería empezar a educar en nutrición a los niños desde pequeños. Ya no sólo para enseñarles a comer equilibradamente sino para que desarrollen un sentido crítico ante la avalancha de productos «mágicos» que la industria alimentaria quiere vendernos y como prevención de los trastornos alimentarios que cada vez aparecen a edades más tempranas.

Desde Melior nos hacemos eco de la necesidad de estar formado en prácticas que mejoren nuestra vida, beneficiando tanto nuestra salud como nuestro entorno y alimentarnos en concordancia con la biodiversidad gastronómica que nos rodea consumiendo productos llamados KM 0. Asimismo, es importante también que adquiramos conciencia de la importancia de alimentarnos bien teniendo en cuenta tanto lo que comemos como el modo en que lo comemos.