Agresividad a flor de piel

En una ocasión tuve oportunidad de escuchar en el interesante programa televisivo  “REDES” del que me confieso seguidora, que unos investigadores americanos se habían propuesto averiguar el porqué la especie humana había progresado  tanto respecto a los demás primates y mira por donde, llegaron a  la conclusión que no fue debido al tamaño de su  cerebro,  como creían otros , sino al desarrollo de su inteligencia social lo que les proporcionó la  oportunidad de dominar al resto de pobladores del planeta y ostentar la hegemonía del mundo.

A este propósito las herramientas de las que se sirvieron los científicos para llegar a este descubrimiento fueron,  ni más ni menos,   que el estudio  comportamental de nuestros primos hermanos, los “ Macacus rhesus”,  que comparten con nosotros el 93% de su material genético  lo que, desgraciadamente para ellos, les ha valido  el ser masivamente utilizados en los laboratorios, en aras del progreso.

¿Y qué han   puesto de manifiesto estos esforzados hombres de ciencia?  Pues que los tales monos  son dominantes y agresivos, si bien tienen de bueno que son sociables, intuyen lo que piensan los otros  y aprenden por imitación, tal como ocurre en el género humano.  El programa  acababa con una inquietante  frase “ NECESITAMOS A LOS DEMÁS, AUNQUE LOS ODIEMOS” que tiene que ver con la necesidad de  comunicarse- sea cual fuere el tipo de relación establecido –  para conseguir  evolucionar.

Si la agresividad compartida con estos próximos parientes, como se ha dicho, forma parte consustancial de nuestro sistema emocional,  parecería propio que los políticos y gobernantes de cualquier signo y confesión a los que se les supone enterados del conflicto que habita en lo más recóndito del espíritu humano, por su bien y el de la comunidad, trataran de frenarla  ahogando toda posibilidad de manifestarse –  como anteriormente lo hicieron y hacen,  la filosofía, la religión  y las leyes-  promoviendo actitudes pacíficas alejadas de todo tipo de violencia , independientemente de sobre quien se ejerciera.

No obstante y pese a la lógica aplastante de este argumento, increíblemente se siguen manteniendo y apoyando actividades que podrían calificarse de “no idóneas” para el fin propuesto. Son las que conciernen a la utilización de animales  con determinadas  intenciones lúdicas, y en las que la agresividad humana aflora en todo su esplendor, siendo vista como algo normal y cotidiano. Nos referimos, como era de imaginar,  a  espectáculos como el Toro de la Vega, Toro de fuego, Toro Ensogado, Toros a la mar,  Bous al carrer, Corridas de toros, etc. y en los que, tanto los participantes  directos como los espectadores, se explayan y recrean  en el padecimiento de unos animales, que son violentados y maltratados sin más razón que la pura diversión,   en una época en la que sobran las alternativas de ocio.

Quizás,  los que autorizan y promueven estos  “festejos” no se hayan percatado todavía de que la línea que separa la violencia hacía los animales  y hacía los humanos es extremadamente fina, por lo que estos desahogos quizás no sean tan inocuos e inofensivos, como a simple vista querrían parecer,  dada la estrecha relación existente entre una y otra.  La violencia es una, y merece ser cortada de raíz. De otro modo, si el hombre, como asegura la ciencia  es tan  sumamente agresivo,  puede llegar a darse que el hombre acabe con el hombre.

Emilia Pastor
www.arcadys.org