Tras la pista de la educación emocional

El concepto “educación” es tan cambiante como las sociedades que lo han puesto en práctica a lo largo de la Historia. La inevitable evolución del ser humano ha provocado un paralelo desarrollo de su forma de educar a las futuras generaciones. Así, de los modelos de enseñanza más autoritarios y unidireccionales en los que el profesor era protagonista absoluto, se ha pasado a hablar de algo radicalmente distinto: la educación emocional.

No es nada nuevo. Alexander Sutherland Neill, que fundó en 1921 la famosa escuela inglesa Summerhill, ya había construido su propia teoría educativa asentándola sobre los pilares de la autorregulación, la eliminación del miedo y el bienestar emocional.
Básicamente, la esencia de lo que se entiende hoy por educación emocional es la misma: conseguir el desarrollo integral de las personas a través de una adecuada gestión de las propias emociones.
“El mundo emocional tiene otras leyes. No es racional. ¿Por qué hemos clasificado siempre las emociones como buenas y malas? ¿Acaso no deberíamos considerar que la ira es, en realidad, un avisador que nos pone en alerta? Visto así podríamos decir que la ira no es algo malo, simplemente es una emoción menos agradable”, nos explica el psicólogo Luis Alberto Mateos, reconocido experto en terapias artístico creativas y apasionado de la educación emocional.
Las personas, por tanto, deberían ser capaces de utilizar las emociones en su propio beneficio y en el de aquellos que las rodean. Pero para alcanzar tan elevado objetivo, alguien tendría que enseñárselo.

Conceptos básicos

Conviene explicar que a lo largo del siglo XX fueron cobrando protagonismo todo tipo de corrientes educativas que incluían en su repertorio conceptos como los de “aprendizaje significativo”, “competencias básicas” o, un paso más allá, “inteligencia emocional” y “empatía”, básicos para entender hacia dónde se dirige la educación en el tercer milenio.
En la década de los 70, el norteamericano David Paul Ausubel habló por primera vez de aprendizaje significativo, aquel que surgía al incorporar los nuevos conocimientos a los ya asimilados por el alumno. Aquel, en definitiva, que no consistía en memorizar las cosas sin más.
Porque cada vez es más evidente que para formar a los ciudadanos de una sociedad democrática no basta con que estos aprendan listas interminables de datos. Las competencias básicas y, entre ellas, la competencia emocional, constituyen el verdadero cuerpo de conocimientos que el ser humano debe adquirir desde la escuela: aquellos conocimientos que lo habilitan para participar de manera responsable en un mundo totalmente globalizado.

Y llegó Goleman

En 1995 el autor Daniel Goleman publicó un libro que adquirió enorme popularidad: La inteligencia emocional. Ésta consiste, en pocas palabras, en la capacidad de reconocer las emociones propias y ajenas con el objeto de llegar a controlarlas.
En esa línea de tener en cuenta no sólo nuestras emociones, sino también las de nuestros semejantes, arribamos al concepto de empatía. En los años 70, David Wolsk y Rachel Cohen postularon su método socioafectivo de enseñanza, basado en las relaciones interpersonales. Según estos autores, la emoción empática era aquella capaz de propiciar la comprensión.
¿Y qué necesita el mundo sino comprensión? Si los más ricos entre los ricos hubiesen sido educados mediante un enfoque socioafectivo, ¿no serían capaces de empatizar con los más pobres entre los pobres?
Y si los más avariciosos hombres y mujeres de negocios hubiesen aprendido a controlar sus emociones a través del desarrollo de su inteligencia emocional, ¿no habrían sabido ponerle freno a su avaricia?