Transgénicos: los alimentos de la discordia

Transgénico. La palabra por sí sola genera recelo. Pero ¿qué significa y por qué motivo existen tanto partidarios como detractores de su aplicación en la agricultura? Y lo más importante: ¿cómo puede el ciudadano construir una opinión crítica sobre este asunto?

Los cultivos transgénicos, también llamados organismos modificados genéticamente (OMG), son precisamente eso: productos de la naturaleza cuyos genes han sido transformados, eliminados o sustituidos por otros a causa de la acción del hombre.

El primer ejemplo de cultivo transgénico apareció en 1986: una importante empresa del sector llamada Monsantomodificó la estructura genética de una planta de tabaco.

Un tomate que duraba más

Apenas una década después hizo su aparición el primer alimento genéticamente modificado, tal y como indica la Organización Mundial de la Salud (OMS) en su informe Biotecnología moderna de los alimentos, salud y desarrollo humano: estudio basado en evidencias. Se trataba de un tomate de maduración retardada bautizado Flavr Savr, introducido en América del Norte a mediados de la década de los noventa. Este tomate aguantaba más tiempo sin ponerse feo y blando, y resistía mejor los impactos producidos en el transporte.

He aquí la primera gran duda acerca de los cultivos transgénicos. ¿Para quién son beneficiosos? ¿Para la sociedad que los va a consumir o para la multinacional que pretende colocarlos en el mercado?

Desde luego, grandes compañías del sector vieron en este nicho toda una oportunidad, así que tras el tomate Flavr Savr llegaron muchas más variedades genéticamente modificadas: maíz, soja, colza, algodón, papaya, arroz, calabaza o patata, entre otras.

En la ONG Greenpeace aseguran que estas corporaciones agroquímicas transnacionales como Monsanto, Bayer, Syngenta, Pioneer y Dow Agroscience “tratan de controlar la agricultura del mundo a través de las variedades transgénicas”.

Greenpeace no ve por ningún lado los beneficios de los transgénicos y su lista de perjuicios es interminable: desde la pérdida de biodiversidad hasta el aumento de la infertilidad en mamíferos. No sólo ellos. Son muchos más los detractores de esta práctica agrícola.

¿Quién tiene razón?

Sin embargo, la OMS apunta en el informe ya citado que “el desarrollo de organismos genéticamente modificados ofrece el potencial de aumentar la productividad agrícola o de incrementar el valor nutricional que pueden contribuir en forma directa a mejorar la salud y el desarrollo humano”.

Sea como fuere, lo cierto es que, tal y como apuntan en Greenpeace, en la Unión Europea (UE) están autorizados el cultivo de un maíz llamado MON810 (de la empresa Monsanto), las importaciones de soja transgénica y de diversos maíces transgénicos para alimentación humana y animal y las importaciones de algodón para la industria textil.

España es un ejemplo peculiar dentro de la UE. El cultivo de maíz transgénico se permite desde 1998 y en la actualidad es el Estado miembro con mayor número de cultivos genéticamente modificados (98.000 hectáreas del maíz de Monsanto). De hecho, el Gobierno liderado por Mariano Rajoy ha recalcado recientemente la defensa de esta práctica.

¿Qué puede hacer el consumidor que desconfíe de los transgénicos? Recientemente, la web especializada www.ecoticias.com citaba en un artículo las claves que hay que tener en cuenta a la hora de adquirir alimentos. La principal es bastante sencilla: observar bien su etiquetado.