Occidente está en deuda con los refugiados

Desde hace quince siglos, Europa ha invadido y esquilmado todos los países de Asia, África y América. Los ejemplos de Oriente Medio o el norte de África son solo los últimos ejemplos de una pandemia que impulsa nuestra civilización desde hace más de 1.000 años. Por eso, deberíamos pedir disculpas por tanta masacre y ayudar en lo que podamos a los refugiados que hoy se agolpan a las puertas de nuestro viejo continente.

“Una cosa es ser solidario y otra es serlo a cambio de nada”. Mariano Rajoy respondía así en Cadena COPEdespués de que Grecia pidiera a Europa que le fuera condonada parte de su deuda. Cuando el máximo representante político de un país tiene esa concepción tan interesada de un valor tan humano, no es de extrañar que sus conciudadanos tengan una concepción similar. En una sociedad corrompida y corrupta, el presidente es el capitán.

Desde hace una semana, cientos de imágenes nos golpean diariamente para reflejar la dura situación que viven los ciudadanos sirios que se están viendo obligados a abandonar su país a toda prisa para no caer en manos del asesino Estado Islámico. La guerra civil asola el país desde hace cuatro años, pero parece que la UE no ha querido ver el problema hasta que se ha visto “invadida” por cientos de miles de personas en busca de asilo. Antes prefería solo aumentar su negocio de venta de armas. Ante estas dramáticas imágenes de refugiados han surgido voces que piden a los gobiernos abrir los brazos de la solidaridad y de la humanidad, pero también otras que han puesto de manifiesto el nacionalismo inútil que campa cada vez con más fuerza por estas tierras. “Nos van a quitar el trabajo”. “Que ayuden primero a los de aquí”.

Ese mensaje inhumano, que permite a mucha gente mirar con ojos fríos, indiferentes e impasibles la aterradora situación que viven los refugiados sirios, cala con fuerza en una sociedad que vive la mayor crisis de valores de su historia. Valores como la solidaridad, la humanidad, la empatía, la justicia social o el altruismo han desaparecido de nuestra escala de prioridades, dando paso a otros muchos más oscuros como el individualismo y el egoísmo extremo. Un cambio que, a mi modo de ver, está condenando a muerte a nuestra civilización.

Desde que hace unos días comenzaron a surgir las propuestas de diversos ayuntamientos para convertirse en ciudades-refugio y acoger así a algunas de las miles de familias que estos días están sobreviviendo a duras penas en un fatídico viaje por Turquía, Grecia, Serbia y Hungría, decenas de voces se han posicionado a favor, pero otras tantas han atacado la propuesta aludiendo a esas consecuencias nacionalistas que me refería anteriormente. Y me preocupa. Porque quien es solidario lo es siempre, sin mirar el carné de identidad de la persona a la que ayuda. A no ser que existan interese ideológicos detrás, como ocurre, por ejemplo, en esa solidaridad “solo para españoles” que impulsan algunos colectivos de extrema derecha. Los que dicen eso de “ayudad primero a los españoles”, “meted a los sirios en vuestra casa”… seguro que no han actuado de manera altruista en su vida.

Aun así, yo me pregunto, ¿tengo que potenciar ese individualismo que defiende este sistema caduco metiendo a los refugiados en mi casa? ¿No es mejor, por ejemplo, que se emplee dinero público -reservado para estos fines- o instalaciones municipales en desuso para hacerlo? Simplemente, se trata de ordenar nuestra escala de valores.

Pero más que la mentalidad retrógrada y obtusa de algunas personas, lo que me sorprende es que estos Gobiernos corruptos que dirigen los diferentes países europeos nos engañen tan fácilmente. ¿Quién ha permitido que el Estado Islámico se haga fuerte en Siria e Irak? ¿Quién ha armado a ambos ejércitos? Parecemos nuevos. En el periodo 2007-2011, justo antes de que estallara el conflicto sirio, el país árabe aumentó un 580% sus compras de armas, teniendo a Estados Unidos, Rusia, Alemania, Francia, Reino Unido y España como principales vendedores. Es decir, hacemos negocio preparándoles para la guerra, impulsamos la masacre, y ahora que las víctimas nos piden asilo les damos la espalda y les repudiamos. Además, venden ese discurso de odio y xenofobia a través de los canales de televisión y la gente se lo cree. “Es que nos van a quitar el trabajo”. ¿Qué trabajo? ¿Ese por el que, con suerte, nos explotan diez horas diarias a cambio de 700 euros? Pues vaya chollo.

Esta acción cruenta de la UE y EEUU contra Siria no hace más que corroborar que nuestra “civilización”, “cultura” o, como quiera definirse, Occidental y Cristiana, pasará a la historia como la más cruel, sanguinaria y terrorista que jamás haya conocido la humanidad. Desde hace quince siglos, Occidente se ha dedicado a invadir y esquilmar al resto del mundo. Primero mandábamos a los misioneros que, tras un informe favorable, abrían paso a los ejércitos. Hemos vaciado sus minas, arrasado sus tierras y agotado sus reservas de gas y petróleo. No ha habido siglo en los últimos quince en que los ejércitos occidentales no hayan invadido países asiáticos, sudamericanos o africanos para saquearlos. Solo les hemos respetado si sus mandatarios han sucumbido a nuestras exigencias. No nos ha importado que fueran salvajes dictaduras, como ocurre por ejemplo en Arabia Saudí o Guinea. Si ceden al negocio, todos amigos. Es más, les ofrecemos mansiones y lujos cuando nos visitan. Si no, les invadimos, aludiendo a esa “necesidad imperante” de implantar la democracia en las sociedades orientales. Los ejércitos han sido los ‘misioneros’ (de paz) del siglo XX y XXI. Y todavía nos preguntamos que por qué nos odian.

Durante años hemos almorzado con las imágenes de aviones que en estas ‘misiones de paz’ destruían ciudades enteras. Hemos asesinado a miles de personas que han pasado a ser meras estadísticas camufladas bajo el horrible concepto de “daños colaterales”. Les hemos lanzado bombas nucleares, bombas de napalm, de racimo, de gas VX… Y todo envuelto de nuevo bajo un falso velo de «exportación de la democracia». Pero no. A Occidente siempre le han movido los intereses económicos. Ni solidaridad ni empatía ni democracia. Hace unos años, matamos al otrora amigo de Occidente Muamar Gadafi, controlamos los yacimientos petroleros libios e impulsamos la guerra civil que todavía hoy enfrenta a todo el pueblo libio para hacerse con el control del país. Pero ya no es noticia. El petróleo ya es nuestro.

Asimismo, el conflicto sirio lleva cuatro años en activo y Europa no ha hablado de él hasta que no ha visto el problema a las puertas de casa. Nuestra ansia de vivir cada vez con más ha condenado a medio mundo a la miseria más absoluta. Nuestro egoísmo atroz –y especialmente de quienes mueven los hilos de esta civilización- nos ha condenado. ¿Y ahora qué? ¿Cuál es la solución? ¿Dar la espalda? Occidente debería pedir disculpas por tanto dolor y tanta masacre. Estamos pagando las consecuencias de la prepotencia con la que ha actuado esta civilización. Por eso, si en nuestra mano está ayudar aunque sea un poco a esta pobre gente, no podemos negarnos. Estamos en deuda con ellos y con la Historia.