La violencia contra los niños, un fenómeno generalizado

UNICEF pone de manifiesto que el maltrato en la infancia es un hecho habitual. En su informe “Ocultos a plena luz”, revela datos devastadores como que uno de cada cinco víctimas de homicidio al año son niños y adolescentes menores de 20 años o que tres de cada diez adultos cree en el castigo físico para educar. Ante este panorama de violencia normalizada en la infancia, tan sólo 39 países del mundo protegen jurídicamente a los menores contra toda forma de castigo corporal.

La violencia contra los niños se produce todos los días, en todas partes. Y al mismo tiempo que perjudica a los niños como individuos, también desgarra el tejido social, y socava la estabilidad y el progreso. Con frecuencia se considera que el maltrato infantil es un problema individual, pero se trata de un problema alimentado por las normas sociales que toleran la violencia al considerarla una manera aceptable de resolver los conflictos, además de aprobar la dominación de los niños por parte de los adultos.

En el informe “Ocultos a plena luz”, publicado por la ONG UNICEF, se ofrecen pruebas de que la violencia es una constante en las vidas de los niños del mundo de los más diversos orígenes y las más variadas circunstancias. La violencia interpersonal se manifiesta de muchas formas distintas, física, sexual y emocional, que tienen lugar en los entornos más variados, como el hogar, la escuela, la comunidad e Internet.

De manera similar, la violencia contra los niños proviene de una amplia gama de personas, entre ellas los integrantes de sus familias, maestros y vecinos, así como extraños y otros niños. Esa violencia no solo provoca a los niños daño, dolor y humillación sino que puede llegar a causarles la muerte. Solamente en 2012, el número de niños y adolescentes menores de 20 años que fueron víctimas de homicidio llegó a 95.000, casi una de cada cinco víctimas.

Tres de cada diez adultos del mundo creen en el castigo físico

Aunque las cifras resultan abrumadoras, los datos indican que aún es mucho mayor el número de niños que sufren la violencia en forma de disciplina, por lo general en sus propios hogares y desde que son muy jóvenes. Como promedio, 6 de cada 10 niños del mundo (unos 1.000 millones) de 2 a 14 años de edad sufren de manera periódica castigos físicos (corporales) a manos de sus cuidadores.

En la mayoría de los casos, los niños son objeto de una combinación de castigos físicos y agresiones psicológicas. En general, las formas más graves de castigo corporal, como los golpes en la cabeza, las orejas y el rostro, o los golpes fuertes y reiterados, son las menos frecuentes, otra cosa es el clásico y aparentemente inofensivo azote. Como promedio, esas formas de castigo afectan al 17% de los niños en 58 países. En otros 23 países, la aplicación de castigos físicos severos está generalizada, con más de uno de cada cinco niños afectados.

El 30% de los adultos del mundo creen que para criar o educar de manera adecuada a un niño es necesario apelar al castigo físico. En la mayoría de los países, los adultos que han recibido poca o ninguna educación tienden a creer en la necesidad del castigo físico en mayor medida que los que cuentan con educación escolar. En Yemen, por ejemplo, el 51% de las madres o principales cuidadores de niños que no han recibido ninguna educación escolar sostuvieron que para educar a un niño es necesario emplear el castigo físico, una creencia que solo comparte el 21% de las personas a cargo de niños que tienen educación secundaria o superior.

La violencia infantil se autoperpetúa con la herencia de los golpes

Las pruebas que se suministran en el informe demuestran claramente que hay un número excesivo de niños que no reciben suficiente protección contra la violencia. En la mayoría de los casos, ésta ocurre a manos de las personas que cuidan a los menores o que tienen trato cotidiano con ellos, como sus cuidadores o sus padres.

Los niños que crecen en hogares o comunidades violentas tienden a interiorizar esas conductas violentas como manera de resolver disputas y a repetir esas pautas de violencia y abuso contra sus cónyuges e hijos. Son frecuentes, por ejemplo, las agresiones físicas entre estudiantes, especialmente entre los varones. Casi una tercera parte (31%) de los adolescentes de Europa y América del Norte reconocieron haber acosado o intimidado a otros.

Hay quienes cuestionan los efectos negativos de los correctivos físicos con frases como el famoso meme “mis papás me pegaron y como resultado sufro de una condición psicológica llamada respeto hacia los demás”’, ampliamente celebrado y difundido. Este tipo de reflexiones y planteamientos contribuyen a que se perpetúen generación tras generación estas prácticas totalmente desaconsejadas que tienen un grave impacto negativo en muchas áreas del desarrollo.

La ley no protege a los niños como a los adultos frente a la violencia

La violencia contra los niños es posible debido a la existencia de sistemas que no cuentan con políticas y normas judiciales adecuadas y la ausencia de mecanismos eficaces de gobernanza que permitan evitar la violencia, investigar y procesar a los culpables y ofrecer a las víctimas servicios de seguimiento y tratamiento. Solo 39 países del mundo protegen jurídicamente a los menores contra toda forma de castigo corporal, incluido el castigo en el hogar.

Existen grandes desniveles entre la protección jurídica de la que disfruta un adulto que ha sido víctima de violencia y la que se otorga a un niño en las mismas circunstancias. Por ejemplo, si un adulto es agredido por un pariente o cualquier otro adulto, se considera que ha sido objeto de una acción inaceptable y se aplican garantías legales para proteger sus derechos. Sin embargo, si un niño sufre castigos violentos a manos de sus padres u otras personas que le cuidan, se considera que se trata de un hecho sin importancia y el menor no obtiene la protección judicial necesaria del mismo modo que la reciben los adultos.

Con todos estos datos, queda claro que es fundamental la toma de conciencia sobre la violencia y sus costes humanos y socioeconómicos, con el fin de cambiar las actitudes y las normas. Se deben erradicar conductas desde la familia como la falsa creencia en el castigo físico como método educativo y fortalecer los sistemas y servicios judiciales, penales y sociales para que persigan estas conductas abominables y las penalicen hasta conseguir su completa extinción.