La vida en femenino

El camino hacia un mundo mejor pasa ineludiblemente por aumentar el peso específico de las mujeres en nuestra sociedad. Por hacer que cuenten más, participen más, tengan más poder y se las tenga en cuenta.

En 1996 la UNESCO calculaba en un 5% la involucración de la mujer en la toma de decisiones a nivel global. En 2015 se estima que el porcenje alcanzó el 15%. De modo que avanzamos en la buena dirección, pero la balanza sigue estando desequilibrada a favor de los hombres.

Las mujeres trabajan dos tercios de las horas laborables del mundo, pero solo ingresan un 10% de la renta mundial. Producen aproximadamente el 75% de la comida pero son titulares de solo el 10% de la riqueza mundial y del 1% del suelo. El 77% de las personas que viven en la pobreza son mujeres, fenómeno que se conoce como la feminización de la pobreza. El patriarcado se impone en la inmensa mayoría de territorios. Pero necesitamos un equilibrio entre las cualidades femeninas y masculinas. No solo reforzando el papel de la mujer en la sociedad, aumentando su «cuota» de participación en la toma de decisiones. Sino también promoviendo en los hombres la adquisición de habilidades más comunes entre las mujeres. Todos conocemos personas que las combinan y somos conscientes de su fuerza y capacidades. Individuos que pueden mezclar acción y reflexión, lógica e intuición, valentía y compasión, razón y emociones, y que muestran una clara interacción entre los hemisferios derecho e izquierdo del cerebro.

Para Kofi Annan, ex Secretario General de la ONU, «el mundo empieza a comprender que para promover el desarrollo, salud y educación no hay política más efectiva que el empoderamiento de mujeres y niñas. Y aventuro que tampoco hay política más importante para prevenir conflictos o para alcanzar la reconciliación cuando un conflicto ha terminado». Y es que las mujeres tienen cualidades muy necesarias para hacer frente a los retos más importantes que tenemos por delante. Pueden dar un nuevo enfoque a la forma de ejercer el poder y de resolver conflictos. Veamos algunos ejemplos.

Mujeres, paz y seguridad

En primer lugar, el compromiso de las mujeres en la construcción de la paz es reconocido por todas las instituciones internacionales. La resolución 1.325, adoptada por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, insta al «aumento de la participación de las mujeres en los procesos de paz y la toma de decisiones». Dicho de otra forma, habría menos guerras si las mujeres mandaran más. La activista por la paz Scilla Elworthy mantiene que quizá se deba a que las mujeres, en situaciones de estrés, segregan oxitocina en lugar de testosterona. La oxcitocina hace que las mujeres reduzcan su estrés compartiendo percepciones, sentimientos y estrategias (frente a la testosterona y adrenalina  segregada por los hombres, que conducen a actitudes competitivas y agresivas).  La respuesta hormonal de las mujeres facilita el diálogo, la colaboración y la resolución pacífica de conflictos. Escuchan más y mejor, y están capacitadas para cuidar e incluir. Son más intuitivas, reflexivas, compasivas, relacionales y empáticas. Establecen redes de relaciones para amortiguar la violencia o falta de empatía que perciben en las relaciones de los hombres entre sí y frente a otros miembros del grupo (niños, enfermos, ancianos, etc.). Las mujeres no han tenido tradicionalmente recurso a las armas, ni poder económico ni influencia política. Por eso han aprendido a utilizar otros recursos, que podemos llamar habilidades emocionales, como la persuasión, el establecimiento de relaciones y conexiones, el ruego, el apaciguamiento, la mediación, el autosacrificio, la negociación, etc. También el papel de la mujer es crucial para el mantenimiento de la paz tras el fin de la violencia. Se ha demostrado que los acuerdos de paz y la reconstrucción tras el conflicto funcionan mejor cuando las mujeres están involucradas. Adoptan un enfoque más inclusivo y se preocupan de aspectos sociales y económicos que los hombres, obsesionados con el poder, tienden a olvidar.

Las mujeres crean riqueza

En segundo lugar, las mujeres contribuyen mejor al desarrollo económico en países pobres porque utilizan eficientemente los pocos recursos que tienen. No malgastan el dinero como los hombres, sino que lo invierten en lo que hace falta para que sus familias progresen. Los bancos que conceden microcréditos en países como India o Bangladesh lo tienen claro y prestan el dinero directamente a las mujeres.

Cuidan el medio ambiente

En tercer lugar, las mujeres cuidan mejor de la naturaleza. Según el filósofo Peter Singer «las mujeres tienen preocupaciones éticas más universales que los hombres y están más dispuestas a asumir un punto de vista a largo plazo». La protección del medio tiene un gran componente ético y precisa una visión de futuro, pues los frutos no son inmediatos. Esta actitud ecológica se aprecia tanto en mujeres del primer mundo como en las que habitan zonas pobres. Especialmente estas últimas, pues en su actividad cotidiana de subsistencia ponen en juego formas de pensar alternativas, protegiendo la naturaleza como condición de la supervivencia humana. Las mujeres han sido las cuidadoras tradicionalmente, han prestado atención a las necesidades de los demás y de la comunidad.  Es cierto que se ha llegado a esta situación por construcción social, por aprendizaje, pero es evidente que las mujeres tienen una ética diferente que se extiende al cuidado del medio. Las actividades de cuidado se encargan por el grupo a las mujeres y otros subordinados, lo que ofrece a estos grupos la oportunidad de desarrollar una mayor capacidad moral, una ética distinta. En cambio, la falta de experiencia en materia de cuidado disminuye en los hombres su capacidad moral. Como consecuencia de ello, los hombres tienden a proteger menos el medio y no se preocupan tanto por la sostenibilidad.  Viven más en un paradigma de control de la naturaleza que en el de cuidado y responsabilidad. Se ha demostrado que las mujeres contaminan menos, reciclan más y reutilizan más. Según un estudio de la Agencia sueca de Investigación en Defensa, en 2009 «los hombres consumían un 70%-80% más de energía que las mujeres en transporte en Alemania y Noruega, un 100% más en Suecia y un 350% más en Grecia». Y es que los hombres conducen más kilómetros al año, utilizan menos el transporte público y sus coches son más grandes, pesan y consumen más.

Potenciar a la mujer

Es ineludible, por tanto, retirar las barreras que impiden a la mujer tener más peso en la sociedad. Empezando por eliminar la violencia que los hombres ejercen sobre mujeres y niñas. Una situación lacerante y que les impide desarrollarse en muchos ámbitos, que les priva de oportunidades. Debemos poner fin inmediatamente a los abusos sexuales, violaciones, tráfico de blancas, esclavitud sexual, maltrato, matrimonios forzosos, mutilación genital, secuestros y un sinfín de humillaciones que padecen las mujeres y niñas del mundo. En segundo lugar, deberemos alcanzar una igualdad verdadera, no solo formal. Luchar contra la desigualdad y eliminar las barreras sociales, económicas y culturales que se imponen a las mujeres.