La crisis del sindicalismo

Con una clase obrera profundamente fragmentada y dispersa, con la mayoría de los trabajadores en precario, con una patronal crecida y con los viejos partidos obreros habiendo perdido esa condición, los sindicatos están obligados a asumir funciones que van más allá de los intereses de sus afiliados y que van también más allá de concebir los centros de trabajo como el núcleo fundamental de la lucha.

Las transformaciones estructurales de la clase obrera, la caída de los salarios y la implantación casi generalizada de la precariedad laboral, unida a la fragmentación y la invisibilidad política de los trabajadores, están acabando con el sindicalismo. Si a esto sumamos la dificultad que existe para introducir el movimiento sindical en las pequeñas empresas, nos encontramos con una crisis estructural del sindicalismo auspiciada, no solo por las políticas neoliberales y el capitalismo financiero implantado a consecuencia de la crisis, sino también por la pésima gestión y la corrupción existente en los sindicatos mayoritarios.

En su peor momento de popularidad, Comisiones Obreras y UGT, que todavía cuentan con más de dos millones de afiliados entre ambas y siguen siendo el interlocutor principal con el gobierno y la patronal, apuntan al sindicalismo de proximidad para salir de esta grave crisis de identidad. Especialmente, porque la reforma laboral aprobada por el Partido Popular en 2012 mina su capacidad de negociación. En respuesta, los ciudadanos y ciudadanas han dado la espalda a los sindicatos tradicionales y desde hace unos años defienden sus intereses laborales y sociales en mareas y movimientos sociales.

Parece que no cabe duda de que el actual modelo sindical es incapaz de contrarrestar el golpeo constante del liberalismo. Los sindicatos han perdido toda su legitimidad como agentes sociales. En consecuencia, han disminuido los porcentajes de afiliación, se ha visto reducida su capacidad de movilización y negociación y ha aumentado considerablemente la dependencia de recursos estatales externos. Pero lo que deben de entender tanto CCOO como UGT es que este debilitamiento sindical no es solo fruto de causas externas, sino que también es consecuencia de la propia (in)acción sindical.

Crisis internas

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, se ha entendido el trabajo como la vía de acceso a los derechos y al bienestar social. Hoy en día, ese concepto, que todavía parecen defender los sindicatos mayoritarios, se ha venido abajo. En la Europa del Sur se puede ser pobre teniendo trabajo y el seguro por desempleo, el derecho a la jubilación o a sanidad y educación pública, gratuita y universal empieza a decaer. Las organizaciones sindicales han perdido la capacidad de negociación que tenían y la ruptura con el pacto social alcanzado en la Transición es patente.

Miguel Perera, diplomado en Relaciones Laborales y trabajador en la Consultoría Primero de Mayo, publicaba un artículo a finales del pasado año donde criticaba que apenas se analice el modelo sindical actual. “Normalmente, se pasa de puntillas por la burocratización sindical existente, un modelo que ha sustituido las garantías internas de supervivencia del sindicalismo (justicia, igualdad, conquista de derechos) por las externas, esto es, por los apoyos y reconocimientos institucionales, desatendiendo a la mayoría de los trabajadores y trabajadoras que bien están en el desempleo o en trabajo precario y/o sumergido”, indicaba en su texto. Para Perera, parafraseando al abogado Francisco Letamendia, “la actual preocupación de los sindicatos es la de ser agentes de concertación y no de defensa de intereses de clase”.

A todo esto se suma la desafección de la clase trabajadora hacia el sindicalismo mayoritario, especialmente por la crisis de corrupción estructural que afecta a los sindicatos, ya no solo por el asunto de las tarjetas negras, sino por la doble escala salarial, la gestión del Patrimonio Sindical Acumulado, la política sindical ante los ERE –o el propio ERE impulsado por UGT y recusado por el Tribunal Supremo-, los cursos de formación, la financiación interna de los sindicatos o el apoyo camuflado a las empresas de trabajo temporal.

Con este tipo de acciones, el sindicalismo se ha desacreditado ante los trabajadores y ha perdido todo su prestigio. Existe una casta sindical y un problema de corrupción estructural dentro de estas formaciones –principalmente mayoritarias- que arrastra a todo el sindicalismo.

¿Cómo revertir la situación?

El principal problema es que la desafección de los trabajadores para con los sindicatos mayoritarios no responde con una mayor afiliación a sindicatos alternativos como CGT o CNT, sino que conlleva una desmovilización generalizada de la clase obrera. Las huelgas generales convocadas en los últimos años no han conseguido que los gobiernos de PSOE y PP dieran marcha atrás con sus respectivas reformas laborales. Por tanto, hay una percepción generalizada de que la movilización no tiene efectos.

Asimismo, es importante comprender que ha desaparecido el Fordismo dentro de las empresas, que ya no existe ese modelo de producción en serie que facilitó la implantación del sindicalismo tradicional. Ya no hay miles de trabajadores entrando a la misma hora a las fábricas y que pueden ser convocados a la vez para una asamblea que desemboca en una huelga general movilizada por una docena de sindicalistas activos. Ahora, dentro de las mismas empresas hay personas contratadas por la empresa, otras que llegan desde una ETT, personas trabajadoras que forman parte de los servicios externalizados (contratas, autónomas…). En definitiva, hay decenas de categorías profesionales distintas que dividen a los trabajadores rompiendo su conciencia de clase. Por tanto, difícilmente se puede mantener hoy en día el argumento de que las elecciones sindicales dentro de las empresas son un soporte de la unidad de clase cuando los procesos de externalizarían son una práctica generalizada y cada vez más abundante.  Como bien indica Perera, “la representación unitaria no puede responder a la multitud de situaciones diferentes que se producen en el seno de una empresa”.

Por tanto, seguir apostando por la lógica de las representaciones unitarias conduce a que los sindicatos atiendan exclusivamente a los trabajadores estables en la estructura, marginando por tanto a quienes ya sufren la precariedad más alta (externalizadas, autónomas…). En conclusión, parece claro que la representación unitaria no es un modelo que ayude a los sindicatos a reforzase, especialmente porque cada vez son menos las personas trabajadoras que pueden beneficiarse de esta representación.

Además, se hace poco hincapié en recordar que hay importantes sectores de gente trabajadora que no tiene derecho a la libertad sindical y que es perseguida por sus empresas si pretenden cualquier tipo de movilización u organización. Tienen que callarse porque dentro de las compañías hay una dictadura abierta que amenaza a los trabajadores con el despido y la precarización y, por ende, con la exclusión social. Esto también está impulsando una fuerte desmovilización.

Por tanto, y sin perder de vista la necesidad de cambiar el modelo de representación dentro de las compañías, es vital que las nuevas fórmulas de participación en la lucha sindical deben darse dentro de los centros de trabajo, pero también fuera, pues la resistencia se tiene que extender sobre el conjunto del territorio y sobre todos los derechos. La represión policial y judicial ya ha puesto su maquinaria a trabajar para evitar esta lucha en la calle y, actualmente,más de 400 sindicalistas tienen procedimientos judiciales abiertos. Se penaliza la participación en piquetes informativos y se cuestiona el Derecho Constitucional de Huelga.

En definitiva, el viejo sindicalismo no se ha ido todavía, pero el nuevo no ha llegado. Con una clase obrera profundamente fragmentada y dispersa, con la mayoría de los trabajadores en precario, con una patronal crecida y con los viejos partidos obreros habiendo perdido esa condición, los sindicatos están obligados a asumir funciones que van más allá de los intereses de sus afiliados y que van también más allá de concebir los centros de trabajo como el núcleo fundamental de la lucha. Los sindicatos, si quieren sobrevivir, deben mutar a una forma de organización social que desborde al propio centro de trabajo como han hecho recientemente las mareas ciudadanas o las Marchas de la Dignidad. El empleo ya no es sinónimo de integración y bienestar, sino de precariedad y de pobreza. Por tanto, es fundamental que la lucha supere la defensa exclusiva del empleo para perseguir la consecución del buen vivir y de la dignidad en la vida diaria.