Islandia: el país que no temió tomar su propio rumbo

Imagínate que las propuestas de cambio realizadas por 25 ciudadanos de un país pudieran llegar a convertirse en su Constitución. Todavía no ha sucedido, pero en Islandia están bastante cerca de conseguir algo parecido. Ya hay quienes consideran el caso islandés como un ejemplo a seguir.

En la actualidad viven en Islandia 320.000 personas. Pues bien, hace apenas un par de semanas algo más del 66% de estos ciudadanos votaron a favor de que las propuestas de una comisión formada por 25 ciudadanos sean la base del cambio constitucional de su nación.

La citada comisión ciudadana se constituyó a finales de 2010, tras la crisis financiera. Hoy podríamos estar vislumbrando el horizonte de una democracia de código abierto en la que la ciudadanía es lo suficientemente “responsable” como para decidir su destino sin ayuda de intermediarios políticos “profesionales”.

Los porcentajes de la libertad

Los islandeses fueron interrogados acerca de seis cuestiones. El resultado habla por sí solo. Un 83% de los votantes apoya la nacionalización de los recursos naturales sin propietario; el 78% quiere que se puedan presentar al Parlamento candidatos individuales a través de listas abiertas; el 66% pide una reforma electoral para que todos los votos tengan el mismo peso, vengan de la región que vengan. No sólo eso, el 73% solicita que se realicen referéndums nacionales si lo pide el 10% de la población. Por último, el 57% prefiere que la Iglesia Nacional Islandesa siga mencionándose en la ley suprema.

Un repaso económico a Islandia

Pero para entender el extraordinario caso islandés es necesario dedicar unos instantes a repasar su trayectoria económica pre y post crisis. Si lo que sucedió antes del desastre financiero en Islandia es simplemente una más entre todas las historias que acontecieron en el mundo, lo que llegó después se salió de la norma.

Lo señalaba hace unos días el periodista freelance Pedro Dutour en un artículo titulado Islandia y su original salida de la recesión. “En una de las medidas más importantes, que no fue imitada por ningún otro país en crisis –al menos por ahora–, Islandia dejó quebrar a sus tres grandes bancos, el Kaputhing, el Landsbanki Islands y el Glitnir”.

En resumen, como ya había señalado con anterioridad y en tono grandilocuente Inés Abril en el diario económico Cinco Días, Islandia optó por no cargar a los ciudadanos con los errores de sus bancos.

Y tras sentar en el banquillo al mismísimo primer ministro, Geir Hilmar Haar, y a algunos de los dirigentes del sector de la banca, la sociedad islandesa pudo poner rumbo a su futuro. Un futuro que, inesperadamente, traería de la mano un prematuro crecimiento económico.

Según previsiones del Fondo Monetario Internacional, la economía Islandesa crecería en 2012 un 2,4% cuando pronosticaba caídas del 0,5% para el PIB de la zona euro (Islandia aún conserva su propia moneda).

En definitiva, parece que en ocasiones ir por libre es la mejor forma de ir.