El ‘aspectismo’: una feísima realidad

La discriminación social por aspecto físico es en nuestros días una losa más pesada que el racismo o el sexismo. A diario millones de personas sufren el rechazo de quienes consideran que la belleza es una cualidad imprescindible para ejecutar bien un trabajo.

En 1960 se televisó por primera vez en la historia un debate entre dos candidatos a la presidencia de un país. Eran John Fitzgerald Kennedy y Richard Nixon, aspirantes al liderazgo político de Estados Unidos. Lo curioso del caso es que los sondeos sobre quién sería el elegido variaban en función del medio a través del cual se había seguido el careo. Quienes lo habían escuchado por la radio apostaron por Nixon mientras que quienes lo habían visto por la tele se dejaron seducir por los encantos físicos de Kennedy, a quien auguraban como claro vencedor.

Peor que una minusvalía

Baste este simple pero rotundo ejemplo para introducir el tema del presente artículo, la discriminación por motivos estéticos o, como se ha venido a llamar en la sociedad del siglo XXI, el aspectismo (en inglés se denomina looksim). El blog del experto en economía Leopoldo Abadía incluye este término y lo define claramente: “Se practica en las entrevistas para obtener un puesto de trabajo. Parece que, con frecuencia, se rechaza, sin decirlo, a los que no casan con los cánones de más o menos belleza que ahora se llevan: gordos/as, calvos/as, bajitos/as, etc.”.

Un reciente estudio publicado en la revista International Journal of Obesity y realizado por investigadores de la Universidad de Manchester (Reino Unido) y la Universidad de Monash (Australia) asegura que las mujeres obesas sufren discriminación laboral. “Conviene planificar intervenciones y estrategias que reduzcan los prejuicios (…) se manejan estereotipos tales como atribuir comportamiento perezoso y glotón a los obesos”, señala el doctor Kerry O’Brien.

Dice Juan San Andrés, psicólogo y experto en el área de los Recursos Humanos, que “las personas con una desventaja estética tienen una vida mucho más difícil: se les exige más y se les reconoce menos”. En su reflexión sobre el asunto apunta algo realmente curioso (porque quizás pocos nos lo hayamos planteado). “Una desventaja estética es equivalente o peor que una minusvalía física pues nadie, en ningún lugar, tiene programas de integración para personas con minusvalía estética”.

Y todo ello, a fin de cuentas, se traduce en una especie de infierno para quienes, por el absurdo hecho de no encajar en un canon, se sienten rechazados una y otra vez por el mercado laboral.

En busca de la igualdad

Lo peor del caso (además de que es muy complicado demostrar que se ha sido rechazado por tener unos kilos de más o unos cabellos de menos) es que todavía no se ha emprendido una lucha unánime en contra del aspectismo. Y eso que mucha gente defiende que se trata de la discriminación más extendida de cuantas existen. Según explican sociólogos, psicólogos y economistas, en la actualidad el aspectismo tiene mayor entidad que el racismo o el sexismo.

Explica Flora Sáez, de El Mundo, en su artículo Vida de feos, que la sociedad norteamericana ha sido la primera en tratar de hacerle frente al problema. ¿Cómo? En Estados Unidos está legalmente penado despedir a alguien por “feo” y en muchos departamentos de Recursos Humanos se evita ver la foto del candidato en los procesos de selección. Así, consideran, no hay interferencias perniciosas.

Sin embargo, Nancy Etcoff, psicóloga del Harvard Medical School, advierte a la sociedad de un hecho relevante: “Nadie necesita lecciones de belleza, incluso los bebés saben reconocerla”. Tal afirmación asusta un poco. Parece que, después de todo, hay barreras que son biológicas y, por tanto, indestructibles.

Un estudio de la Fundación Ideas así lo reconocía hace un par de años: “Las discriminaciones son una realidad social testaruda, difícil de erradicar y con una gran capacidad de mutación en una sociedad cada vez más diversa”. En él se daba un paso: se proponía que la discriminación por aspecto físico fuera reconocida por la ley.