Apple: ¿Una manzana podrida?

Cuando un consumidor descubre que aquel producto que tanto ansiaba poseer ha sido fabricado en condiciones infrahumanas debería recibir un golpe bajo. Sin embargo, y aunque son muchas las multinacionales pilladas in fraganti menospreciando los derechos humanos, no parece afectar demasiado a su volumen de ventas.

El diccionario no lo recoge, pero hace mucho tiempo que el término “aspiracional” se instaló en nuestras vidas. Se utiliza para conceptualizar aquel consumo que nada tiene que ver con la satisfacción de necesidades: su esencia radica en la adquisición de estatus.

De la necesidad a la aspiración

La firma Apple, fundada en 1976 por el desaparecido magnate Steve Jobs, supo desde sus comienzos moverse en la línea de fuego que separa la necesidad de la aspiración. Sus ingenieros diseñan y generan necesidades que luego se transforman en meros caprichos. De ahí que sus seguidores, usuarios que le hincaron el diente a la prohibitiva manzana, anhelen tener la tercera generación de la tableta iPad cuando apenas acaban de comprar la segunda.

La manzana… Un sencillo icono asociado a valores como el de la tecnología punta, el estatus, la elegancia o la sofisticación.  Pero que (y que nadie se rasgue las vestiduras) también contiene bocados podridos.

En enero se abría paso en todos los medios de comunicación y en las redes sociales una noticia demoledora. Un informe publicado en un programa de radio americano afirmaba que un iPhone está en parte fabricado por trabajadores de 13 años que trabajan 16 horas al día por 70 centavos la hora. En el centro de la acusación, una empresa llamada Foxconn, en la que no sólo Apple fabrica sus componentes, sino muchas otras multinacionales del sector. Foxconn llegó a incluir en sus contratos cláusulas anti suicidio debido a los ocurridos entre sus trabajadores de varias plantas en China.

El hombre que se enfrentó a Jobs

En 1997, un  actor neoyorquino llamado Mike Daisey inició su andadura como monologuista. En 2010 escribió La agonía y el éxtasis de Steve Jobs, un monólogo que él mismo llegó a reconocer que había nacido de su devoción por Apple. Enterado del asunto de los suicidios decidió comprobar por sí mismo las condiciones en las que los empleados de Foxconn estaban trabajando.

El monólogo de Daisey dio la vuelta a Estados Unidos. El periódico The New York Times opinó que “todo el que vea el espectáculo de Daisey -y todo el que tenga un teléfono móvil y un poco de moral debería verlo- tendrá dificultades para olvidar las repercusiones que nuestras compras casuales tienen en la vida de hombres y mujeres de medio mundo”.

Hace unos días Apple anunciaba los resultados del segundo trimestre de su año fiscal 2012. Las ventas ascienden a 39.200 millones de dólares, un 94% más que en el mismo periodo del año anterior.
El problema de los venerados productos Apple no termina en la primera fase de su existencia. También hay voces que se levantan en contra de la nula gestión que de sus residuos hace la firma californiana.

La abogada norteamericana Elizabeth Pritzker llevó a los tribunales a Apple en 2003 acusando a la compañía de fabricar productos con una vida limitada. Pritzker aseguraba que Apple, que quiere vender una imagen amable, no tiene la más mínima política medioambiental.

Lamentablemente, muchas carcasas tatuadas con la famosa manzana finalizan sus días contaminando las costas de países tan pobres como Ghana. Cruel ironía allá donde el mundo no prueba bocado.